Distinciones político-religiosas. Religión, integrismo, fundamentalismo y terrorismo

Artículo para Posmodernia.

20 de Febrero.

Diferencia entre integrismo y fundamentalismo religioso:

Aprovechando que nuestro último artículo estuvo dedicado a realizar una esquemática exposición de la doctrina materialista sobre la religión, hemos creído conveniente dedicar unos párrafos más a temas relacionados con la religión, la política y nuestro presente. Unos párrafos que dedicaremos a hacer unas pequeñas distinciones para poder diseccionar fenómenos religiosos y políticos de nuestro presente. Uno de ellos, muy claro, es el concerniente al terrorismo islámico desatado en Europa hace unas décadas. Recordemos que debido a ello España se encuentra, aunque ya se nos haya olvidado, en alerta antiterrorista nivel 4, casi el más alto. Podemos recordar también sucesos trágicos como los atentados ocurridos en Madrid y Barcelona o más recientemente, hace apenas meses o semanas en algunos casos, en países como Francia, Inglaterra, Bélgica o Austria.

Es por ello que muy a menudo oímos y leemos en la prensa las palabras integrismo y fundamentalismo religioso, pero es muy posible que haya quien piense que son lo mismo a pesar de que son dos cosas bien distintas. Carlos Martínez García, en un pequeño pero claro artículo[1], señala que el integrismo (definido como la disposición a practicar las enseñanzas religiosas en cada aspecto de la vida cotidiana) es un fenómeno panóptico, es decir, que todo lo envuelve (en la vida de la persona o grupo humano integrista, y en algunos casos políticamente también). El integrismo, por tanto, sanciona cada pensamiento y cada conducta de los individuos y los grupos en función de una normativa, de un canon bien establecido por ejemplo por los intérpretes de los textos sagrados, sean religiosos y/o políticos. Siendo así, la intolerancia respecto a otros cánones o normativas sería otro de los rasgos lógicos y propios del integrismo. Es una situación típica de las sectas.

El fundamentalismo, aunque hoy se asocie directamente con la religión musulmana ya que, como hemos mencionado, lo solemos escuchar en relación a los movimientos terroristas musulmanes, tiene realmente su origen terminológico en el cristianismo protestante. Más concretamente, el fundamentalismo debe su nombre a una reacción dentro del protestantismo conservador estadounidense. En una conferencia que tuvo lugar en las Cataratas del Niágara el año de 1895, los asistentes concluyeron sus discusiones sintetizando la doctrina fundamentalista saliente en cinco puntos, los cuales consideraban fundamentales –y de ahí el término– para la fe cristiana. Estos son: 1. La inerrancia de la Biblia; 2. El nacimiento virginal de Jesús; 3. Su muerte en la cruz, sustituta y salvífica en favor de los pecadores; 4. Su resurrección corporal; 5. Su inminente retorno a la Tierra. Un tiempo después, a principios del siglo XX el ala más conservadora del protestantismo norteamericano, que no es poco conservadurismo, produjo una serie de libros que recibieron el nombre de The Fundamentals. ¿Y a santo de qué esta reacción? A santo de que los fundamentalistas vieron necesario fijar unas verdades fundamentales del cristianismo frente a los avances del ala liberal protestante, que venía cuestionando o negando, en un alarde de modernidad y progresismo, la dimensión sobrenatural de algunas enseñanzas bíblicas. Sin embargo, como tantas veces ocurre, el fundamentalismo no es algo que se iniciase propiamente a finales del siglo XIX, pues tiene una raigambre mucho anterior. Aunque sí es en este momento cuando se conoce a esta postura ante los textos religiosos con ese nombre.

Fundamentalistas hay, como nos recuerda Carlos Martínez García en su pequeño artículo citado, en todas las religiones, pero esto no tiene tampoco por qué ligarse necesariamente, a pesar de las resonancias periodísticas, a posturas agresivas, violentas o hablar de imposiciones a quienes tienen otras creencias y prácticas. Antes al contrario, no es extraño que se predique de aquellos grupos cerrados que se creen en la posesión de la verdad suprema a través de una revelación privilegiada y que, por ello, establecen una diferencia entre ellos y el resto de la sociedad, diferencia que sólo podrá paliarse si los otros asumen las mismas «verdades». En esos grupos fundamentalistas a menudo no se entra tanto por el proselitismo del grupo –como puedan ejercer por ejemplo los testigos de Jehová–, aunque también, como por la sincera conversión, es decir, que entrar en el grupo fundamentalista supone un fuerte compromiso del nuevo creyente, que tiene además la tarea de difundir la doctrina del grupo por el bien de la humanidad. Es lógico, si esas verdades que posee el grupo son tan verdaderas y fundamentales, sólo quien esté en ellas podrá salvarse. El resto simplemente están muy equivocados y condenados mientras no acepten los fundamentos verdaderos que se le ofrecen.

Es por esto por lo que integrismo y fundamentalismo se confunden a menudo. De modo que, tras lo dicho y siguiendo también la aclaración que ofrece Umberto Eco[2], podemos distinguir el fundamentalismo del integrismo entendiendo por integrismo a aquella posición religiosa y/o políticaque persigue hacer de ciertos principios de fe, sean o no religiosos, un modelo omniabarcador de la vida social y política, así como la fuente de las leyes del Estado. En este sentido son integristas organizaciones católicas como El Yunque, en Méjico, el finado Osama Bin Laden y su grupo al-Qaeda, el autodenominado Estado Islámico[3]o la Coalición Cristiana, una organización «ultraconservadora» estadounidense. De modo que podemos concluir que todo integrista es fundamentalista, pero no todo fundamentalista es integrista.

Dos tipos de integrismo:

Pero podemos ir un pasito más allá en el embrollo, ya que entre los integristas cabe hacer una diferenciación: aquellos integristas que buscan universalizar al conjunto de la sociedad –a toda la Tierra, en su límite– sus convicciones por vías no violentas y los integristas violentos que llegan a sacralizar –o lo que es lo mismo, a justificar sin límite alguno– las acciones destructivas para atacar a sus adversarios, esto es, a todos aquellos que no acepten los principios fundamentales que les son ofrecidos, adversarios que son presentados como el supremo mal y ante el que son válidos todos los medios, incluso el propio sacrificio o el de aquellos que viven en el error. De esto, obviamente, se derivan acciones bélicas y/o terroristas, que son concebidas como formas necesarias para enfrentarse a lo previamente satanizado y tenido por infiel. Por ello afirma Gabriel Albiac que «en el absoluto del sacrificador (aquel que da muerte sagrada), sólo hay la acción (el sacrificio, el propio como el ajeno) o la nada. No existe, tal vez, ascética tan depurada como ésa: existir es aniquilar»[4]. Esto es lo que diferencia, a su vez, a los terroristas integristas de otros tipos de terrorismo.

Terrorismo:

¿Pero qué podemos entender por terrorismo? Debemos aclararlo también para no perdernos en la madeja. Pues el terrorismo cuenta con unas características mínimas para ser tal a pesar de que, después, podamos distinguir, como acabamos de decir, entre terrorismo integrista y no integrista.

El terrorismo tal y como lo conocemos hoy se inicia esencialmente en el último tercio del siglo XIX –un ejemplo muy claro puede ser el terrorismo anarquista–. Se trataba de un tipo de terrorismo que tenía como fin derribar a un poder que se estimaba autocrático, y que hoy encuentra su última (y quizá más cruel) vertiente en el terrorismo islámico. Aunque podríamos decir, parafraseando a Ortega y Gasset, que como toda historia tiene su prehistoria es posible encontrar terrorismo en épocas anteriores. Y es que, como pasa con tantos otros fenómenos, las formas de terrorismo suelen estar ligadas, por un lado, al momento histórico, y por otro a los fundamentos doctrinales de la organización o el terrorista que lo practica.

Pero cuando nos acercamos al terrorismo religioso encontramos un matiz que no tienen otros tipos de terrorismo. Y es que un componente fundamental del terrorismo de raíz religiosa, en general, es su fanática convicción de que el acto destructivo se realiza en cumplimiento de una misión divina. Por lo tanto el fundamento y justificación de estas acciones terroristas, sean cuales sean sus costos y resultados, es la  divinización  de la encomienda, de la misión destructiva. Por ello para el terrorista integrista violento y religioso la negociación con el enemigo, el infiel, es descartada desde el principio. El que no cree ha de ser sometido, por ser incapaz de aceptar la verdad o incluso en defensa propia, ya que esa no creencia del otro es un ataque a la verdad fundamental revelada que el terrorista enarbola. No es infrecuente que a todo esto se le añada una visión apocalíptica de las relaciones sociales y políticas. Visión apocalíptica que también sirve para legitimar el uso de la violencia y que impide, además, por la gravedad de la situación en que supuestamente se está, la negociación con el enemigo.

Ante esto debemos hacer otra escueta precisión. Porque los ataques violentos pero esporádicos y aislados, aunque estén motivados por un sentido de misión religiosa, no podríamos catalogarlos fácilmente como terrorismo. Puede que en algunos casos requieran más bien una catalogación psiquiátrica. ¿Y esto por qué? Porque para ser considerada terrorismo, la acción destructiva requiere que el ejecutante, que puede ser un personaje aislado o puede pertenecer a una organización, deje una impronta, firma o huella de su acción que declare a los atacados el motivo del ataque. Además, como segunda característica para hablar de terrorismo, la sucesión de actos de violencia destructiva ha de alcanzar cierto grado de intensidad, pues se trata de una táctica preferentemente aunque no exclusivamente política, que consiste en la ejecución seriada y sistemática de acciones de violencia. Estas dos primeras características del terrorismo nos permitirían descartar el uso de la expresión «terrorismo de Estado», ya que dado el caso en que un Estado se viese obligado a eliminar a algún elemento de su propia sociedad u otra ajena, habrá de mantener en todo momento el secreto de la operación y, además, no se trataría de un recurso seriado y con una intención permanente.

Además, otra característica del terrorismo es que la finalidad del terrorismo no es únicamente vencer por las armas, sino también, hasta que ello sucede, si sucede, producir un profundo desgaste moral y psicológico. Con las sucesivas, sistemáticas y manifiestas acciones terroristas se pretende minar la resistencia del atacado (o los atacados) y dar lugar a un permanente estado de terror e inseguridad. Por ello debemos atribuir al terrorismo la capacidad de sorpresa y de causar terror en aquellos que son atacados. Pues sin ese terror no habría terrorismo. Con lo que, y esta es la última característica del terrorismo, los atacados, al aterrorizarse y no responder al ataque, se convierten de algún modo en cómplices objetivos del propio terrorismo[5]. Si ese terror y complicidad de los atacados no se produjera y estos reaccionaran a su vez contra sus atacantes no podríamos hablar de terrorismo, por más que intencionalmente los atacantes pretendieran realizar un acto terrorista.

Por todo ello podemos decir que el terrorismo religioso es de naturaleza política –entre otras cosas también por la dimensión social de la religión–, pero, aunque también lo es, no es sólo político. Y eso puede verse tan sólo si se observa el lenguaje empleado por los terroristas en sus proclamas y justificaciones –muy diferentes, por ejemplo, a las que puedas ser empleadas por la banda terrorista ETA–. Su lenguaje, las referencias doctrinales que usan para justificar sus acciones y sus fines descansan en principios religiosos, principios que sin embargo se ocultan a menudo en la prensa (los motivos por los que esto se haga que cada cual trate de juzgarlos como mejor sepa).

Terrorismo en el cristianismo, en el judaísmo y, sobre todo, en el islam:

Como ya hemos dicho, a pesar de que no sea lo más difundido el cristianismo no es del todo ajeno –sólo hay que echar un vistazo a un libro de historia en Europa– al uso de la violencia, en un principio, y al terrorismo después. Si bien, aunque esto es así, y aunque no excluye a veces la posibilidad de derivas integristas y de fundamentalistas, como ya hemos visto, también es cierto que, tras las largas y arduas elaboraciones doctrinales, el mensaje de paz evangélico cristiano impide una conexión directa con el terrorismo, ya que se promulga ante todo el amor y la paz evangélica. Precisamente, desde esta doctrina, es en la violencia ya ejercida por los judíos en el sacrificio de Cristo en la cruz, y la redención de todos los cristianos que esta supone, lo que permite la separación de la violencia y la práctica del sacrificio cristiano –además del hecho, desde el punto de vista cristiano, de ser Dios el dueño y señor del alma y del cuerpo, por lo que sólo a Él compete determinar su final, no al sujeto cristiano; sólo por un acto de caridad cristiana para salvar a otros es posible ofrecer sin pecado el propio sacrificio–. Aunque, como siempre ocurre en estas arqueologías textuales, en los mismos escritos conservados del apóstol San Pablo se pueden encontrar afirmaciones de fuerte rechazo al no creyente, lo que después llegará a servir para legitimar la violencia sobre él. Además, la valoración positiva de la muerte en el martirio abre una vía que permite la lucha contra el infiel. Sin embargo la diferencia con el Islam es importante. Mientras que en el cristianismo ese recurso a los orígenes y los textos sagrados no está exento de rasgos violentos, también proporciona abundantes argumentos en contra de la acción violenta y la necesidad de la conversión por la palabra, pero en el Islam esto no está tan claro –y menos con las normas de lectura que rigen El Corán–. Sobre todo desde posturas como el salafismo, esto es, un tipo de integrismo islámico que promueve el retorno a los orígenes (la llamada época dorada, que abarca hasta el cuarto gobernante posterior a Mahoma), y que constituye hoy la premisa para la exaltación de la yihad (que no sería propiamente terrorismo, sino, como la palabra indica, guerra contra los infieles) y de movimientos políticos islamistas como los Hermanos Musulmanes, un grupo decisivo a partir de los años 40 para la historia de Egipto y otras partes del mudo coránico.

Esta unión entre el recurso a la violencia y la fe, además de en el cristianismo y el islam es algo que puede encontrarse en algunos aspectos del judaísmo. Los códigos de comportamiento judíos, sobre todo en sus versiones más integristas, incluyen la aceptación e incluso la imposición de la práctica de la violencia tanto contra los propios judíos que no cumplen los preceptos como contra los no creyentes. Aunque esto en la actualidad ya no tiene apenas fuerza, como sí la tenía en los tiempos de rey David, por ejemplo, y por tanto no se lleva a la práctica de una manera tan estricta, mucho menos contra los no judíos. En cualquier caso, lo que es innegable es que desde el libro del Éxodo al Libro de Josué la literatura sagrada judía cuenta con abundantes ejemplos de esta conexión entre violencia y fe que comentamos.

Por su parte el islam, a diferencia de cristianismo y judaísmo, es una religión que no es ya que contenga preceptos o conexiones que puedan llevar en sus versiones más integristas al ejercicio de la violencia contra el infiel, es que sistematiza el uso de la violencia como medio para alcanzar la victoria de la fe. Esta peculiaridad del islam viene de la división que hay en la propia vida de Mahoma entre la etapa de predicación o admonición en el periodo de La Meca y la etapa del esfuerzo bélico por la causa de Alá (o sea, la yihad). Etapa esta última en la que adopta la postura del profeta armado, haciendo de la guerra o la lucha armada el medio con el que conseguir la victoria de la verdadera religión. Como hemos dicho antes, es el carácter sagrado de la causa de Alá lo que legitima el uso ilimitado de la violencia por parte de la umma (el pueblo elegido de creyentes, cuyo objetivo es la hakimiya o soberanía de Alá en la Tierra)[6].

Por tanto, con raíz en esta división de la vida del propio Mahoma hay, por llamarlo así, un islam no violento con un completo orden teológico –aunque en éste no siempre haya manifestaciones en contra de la violencia–, y un Islam fundado principalmente en la yihad que puede ser utilizado en todo momento –como vemos en nuestros días–. Y así ha sido desde la fundación de esta religión, tanto entre las mismas facciones islámicas, en continua disputa, como fuera del islam.

Esto es así porque otra peculiaridad de la religión islámica es que, al apoyarse en una revelación única, revelada por el mismo Alá en lengua árabe, con un único transmisor o mensajero y rechazar todo tipo de innovación, dado que es un mensaje directo de la divinidad y no el testimonio posterior de evangelistas, se favorece ante cualquier tipo de situación de crisis la posibilidad de un salto de nuevo hacia los orígenes, lo que justifica de nuevo el uso de la violencia. Este es propiamente el rasgo más destacado del fundamentalismo islámico, la constante vuelta a los orígenes; unos orígenes que son tenidos como un momento perfecto, armónico, y que hay que recuperar como sea. El fundamentalismo islámico se inscribe entonces en lo que los especialistas llaman una arqueo-utopía, que consiste en oponer los modos de vida islámicos tal y como se dieron en los tiempos de la fundación (este es el salafismo), a la perversidad de Occidente y sus modos de vida actuales. Vemos así cómo rápidamente del fundamentalismo se pasa al integrismo. Se trata de una idealización del pasado que invita a ver, desde la esa perspectiva, que todo momento pasado fue mejor. La lógica conclusión es que hay que recuperar ese pasado esplendoroso para que se haga presente, si Alá quiere. La vida actual debe estar regida como entonces para gloria del islam –cuyo significado es, por cierto, sumisión–. Esta es la ideología básica que envuelve el fundamentalismo islámico y justifica todo ataque terrorista actual.

Es más, aunque hay quien quiere minimizarlo u ocultarlo, quizá con el fin de no causar una confrontación, es indudable que los actos de Mahoma en su etapa de profeta armado ofrecen un perfecto manual de uso sistemático de la violencia y el desprecio absoluto de cualquier tapujo ético ante la elección de los medios para obtener la victoria. En la causa de Alá todo medio está justificado por el fin. Se llega incluso a proponer códigos de comportamiento calificables de terrorismo, códigos que son usados hoy –sobre todo después de las intifadas iniciadas por Yasser Arafat–. De hecho, Mahoma recomienda repetidamente la eliminación de todos aquellos que se opongan a sus designios por el motivo que sea. Y presenta el acto de eliminación del opositor como un servicio a Alá. Esto justifica y normaliza tanto los ataques a los creyentes de otras religiones como los ataques a los que se opongan a la violencia dentro del mismo islam, pues dado el carácter proselitista del islam, como en el cristianismo, todo musulmán, por el hecho de ser musulmán, tiene como misión la difusión del islam, de los verdaderos fundamentos de la verdadera religión –por generosidad, ya que se considera algo bueno para todos– por un medio u otro, pacífico o violento.

Concluimos. A pesar de que hemos tratado muchos puntos que sabemos que son polémicos e incluso discutibles, esperamos en cualquier caso haber contribuido un tanto a clarificar todos estos conceptos y haber levantado el interés en los lectores por estos temas, tan importantes para nuestro presente.

Vale.


[1]Carlos Martínez García, Integrismo y fundamentalismo, en la sección de Opinión de La Jornada, 14 de marzo de 2018.

[2]Umberto Eco, «Definiciones lexicológicas», La intolerancia (VV.AA), Ediciones Granica, Barcelona, 2002, pág. 16.

[3]Para profundizar brevemente en esta expresión, Estado Islámico, así como en la propia historia del islam y su relación con la violencia, la yihado el terrorismo –de lo cual daremos cuenta al final– recomendamos consultar el libro El Estado Islámico. Desde Mahoma hasta nuestros días, de José Manuel Rodríguez Pardo.

[4]Gabriel Albiac, Diccionario de adioses, Ed. Confluencias, 2020, págs. 132-133.

[5]Para un análisis más profundo que la brevísima exposición aquí ofrecida de las características del terrorismo y de los fenómenos religiosos recomendamos consultar el libro La vuelta a la caverna. Guerra, Terrorismo y Globalización, de Gustavo Bueno Martínez.

[6]Para una comprensión rápida y clara de esto que estamos diciendo recomendamos de nuevo el libro antes mencionado de José Manuel Rodríguez Pardo.

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